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El
hombre siempre ha querido conservar los alimentos cazados o
recolectados, una vez saciadas sus necesidades inmediatas, porque
se degradaban rápidamente.
Los
hombres de las cavernas ya conocían la salazón,
el ahumado o el uso del hielo para la conservación. Los
egipcios exportaban pescado ahumado. Las travesías del
océano hacia las Américas se hacían a base
de frutos secos, semillas y salazones.
También
se sabía que las frutas y algunos vegetales podían
ser conservados en azúcar, y ciertas legumbres y frutos
toleraban el vinagre. Pero todos estos procedimientos conservaban
los alimentos por poco tiempo y con escasas garantías.
Todo
cambió a finales del siglo XVIII. Napoleón había
conquistado prácticamente toda Europa cuando su ejército
pasó una terrible hambruna durante la campaña
de Rusia. El emperador ofreció entonces una recompensa
a quien le presentara un método para mantener los alimentos
largo tiempo y en buen estado. Nicolás Appert, tras años
de investigación, averiguó que se podían
conservar los alimentos por el calor en recipientes herméticamente
cerrados: ganó la famosa recompensa de 12.000 francos
en 1810.
Al
principio se utilizaron los recipientes de vidrio y más
tarde se empezaron a utilizar envases de hojalata.
La
noticia de la conserva llegó a España en 1840
con el naufragio frente a Finisterre de un velero francés.
En la Galicia costera existía ya tradición de
otros métodos de conservación como la salazón
o el ahumado. En menos de un año se creó la primera
fábrica conservera de pescado. Ocho años más
tarde aparecerá en la Rioja la primera instalación
de conservas vegetales. |
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